Los padres de la Iglesia lo constituyeron
literatos teológicos y pastores de alto rango quienes son considerados como
parte de la génesis de la fe contemporánea católica.
La doctrina autodidacta de este grupo de literatos
radica en que sus escritos tienen un sentido muy en común entre este mismo
grupo. Las enseñanzas que dejaron repercutieron de gran forma en la filosofía
del espíritu y desarrollaron el pensamiento teológico cristiano mediante la
lectura de las Sagradas Escrituras y configurando las ideas espirituales
mediante la consolidación litúrgica.
La teología y la moral siempre fueron cuestiones
de discusión en donde hubo conflictos internos, de esto ose ocasiona, por
ejemplo, el fenómeno de la herejía dentro de la etapa del medioevo por parte de
la Iglesia Post apostólica. Según este criterio, estos hombres fueron los
continuadores de la doctrina de los apóstoles de Jesús, posteriormente los
llegaron a sustituir mediante sus trabajos y enseñanzas a través de sus
escritos dando una configuración, poco a poco, eclesiástica de jerarquías en
donde se encontraba como primer eje fundamental, el papado.
El nombramiento como padres comienza en el siglo IV y fue el papa Gelasio quien comienza
una lista oficial de los Padres de la Iglesia en donde se profesionaliza el estudio y vida de todos aquellos que han estado
en el máximo puesto papal. Posteriormente, se fue dando un incremento del poder
papal y, por consecuente, de la Iglesia para dar paso a un término que
significa la unión del poder político y religioso en un solo ente: el cesaropapismo.
La palabra fue acuñada en el siglo XVIII por
Justus Boehmer quien realizó una serie de estudios acerca de la Iglesia y su
intención de dominio total sobre el planeta mediante la teología dogmática. Hoy
en día, el concepto se conoce como despotismo: una relación entre Estado e
Iglesia en donde existía un mutuo acuerdo para incrementar sus respectivos
poderes políticos y económicos.
Por ejemplo, durante el siglo IX, el Imperio
Bizantino tiene toda la autoridad sobre sus territorios, ejerciéndose al mismo
tiempo como rey y sacerdote. Esto significa la obtención absoluta del poder
mediante cuestionamientos materiales y espirituales, características
importantes del ser humano.
Otro ejemplo es cuando el Papa León III se corona
como rey de los francos y lombardos, teniendo también la autoridad sobre los
romanos en donde fungía como Emperador sobre el Imperio Carolingio en el siglo
IX donde estado e Iglesia se unieron para dar un mutuo apoyo.
El cesaropapismo lleva consigo la filosofía de que
los reyes procedían por obra divina, es decir, eran elegidos por la mano de
Dios quien les confería un poder total sobre su pueblo. El poder podía
transferirse de forma hereditaria mediante el hijo primogénito del rey. Este
fenómeno alcanza la cima con Enrique III en el siglo XI.
La religiosidad ha mantenido un papel muy
importante sobre el mandato del hombre a través del tiempo. Por ejemplo, San
Agustín, padre y doctor de la Iglesia católica, buscó durante toda su vida una
concatenación entre razón y fe, las cuales, no deberías estar peleadas. Dentro
de su filosofía, San Agustín maneja a la filosofía como eje central en la
búsqueda de la verdad. Construye y elabora un entendimiento acerca de la
búsqueda racional de Dios a través del raciocinio humano. A esta corriente
filosófica, posteriormente, se le llamaría como la escolástica.
Según el padre de la
Iglesia católica, Dios es una realidad que no se puede reemplazar; pero lo que
él ha creado sí se puede reemplazar en donde el ser humano se encuentra dentro
de estas dos aristas: la razón es la vía de comunicación con Dios aunque su
cuerpo terrenal sea perecedero, es decir, que fenece.
El conocimiento
verdadero, como se ve en este ensayo cuando se habló de Platón, es universal e
inmutable. Para San Agustín, el conocimiento está en Dios, aunque el ser humano
llegue a conocer una parte de este conocimiento, solamente llegará a la
totalidad si es iluminado por la
ayuda de Dios.
Para demostrar que Dios
existe, San Agustín comentó que existen tres pruebas fehacientes que lo
constatan: El orden físico del universo da fe de que existe un ente regidor de
las leyes universales, por todo el planeta tierra siempre hay una creencia de
un dios supremo y esto da como resultado de que existe un consenso humano de la creencia de Dios como creador de la tierra y
la última prueba radica en que el ser humano es consciente de que existen
realidades inmutables que han estado desde antes del mismo hombre.
San Agustín desglosa su
teoría en tres partes principales: la felicidad (que es exógena al individuo
mismo), el libre albedrío y el mal.
En el contexto histórico
de la época de San Agustín, los cristianos son perseguidos por los romanos ya
que estos pensaban que la caída del Imperio Romano se debía a que la religión
que los cristianos pregonaban había sido un factor de suma importancia puesto
que el imperio mantuvo siempre una doctrina religiosa politeísta, es decir, la
adoración de varios dioses que fueron mermados por el monoteísmo, la creencia
de un solo dios.
La Ciudad de Dios fue una obra escrita
por San Agustín que precisamente hablaba sobre el cuestionamiento y la
reflexión histórica de occidente. En el escrito se señala la ruptura de la
sociedad en dos partes: dos ciudades. En una se encuentran los que están
ensimismados sobre su ser y no alcanzan a percibir a su creador, se alejan cada
vez más de Dios. En la segunda ciudad se encuentran aquellos que aman a Dios y
toman parte de su forma planteada a través de normar para que el hombre encuentre
la felicidad mediante sus designios.
La lucha histórica se
encuentra asociada a la lucha de estas dos ciudades, según plantea San Agustín.
Pero santo Tomás de
Aquino, teólogo y filosófico italiano, existe una desvirtuación de los
conceptos agustinos acerca de las dos
ciudades dentro de la sociedad humana (Jerusalén como Dios, Babilonia como lo
terrestre), pues como comenta el escritor Edualdo Forment, en su obra Fundación:
“La ciudad de Babilonia es
considerada por San Agustín como el resultado de la corrupción del hombre por
el pecado original; mientras que la ciudad de Jerusalén, la ciudad celestial
representaría la comunidad cristiana que viviría de acuerdo con los principios
de la Biblia y los evangelios. Las circunstancias sociales y la evolución de
las formas de poder en el siglo XIII, especialmente los problemas derivados de
la relación entre la Iglesia y el Estado, llevarán a Sto. Tomás a un
planteamiento distinto, inspirado también en la Política aristotélica, aunque
teniendo en cuenta las necesarias adaptaciones al cristianismo”.
Para
Tomás de Aquino, el hombre es un ser social por naturaleza que nace para vivir
en comunidad con otros seres humanos. Cada hombre tiene un destino
trascendental en la vida. La Iglesia es quien mantiene una organización de
estos hombres para que sean individuos de bien dentro de la sociedad.
Para
Tomás de Aquino, la fe se mantiene sobre la razón, fenómeno que, como se vio en
párrafos anteriores, San Agustín los mantiene iguales. Aquino postula este
hecho puesto que dice que la Iglesia y el Estado se subordinan ante la fe más
que a la razón ya que es una virtud del hombre que hace trascenderlo hacia una
condición mejor. El Estado debe procurar el bien y la paz común y lo logrará
legislando a través de las leyes naturales que Dios ha proporcionado. Las
faltas que son contrarias a las leyes naturales de Dios deben rechazarse puesto
que no son divinas.
Con
respecto a las mejores formas de gobernar, santo Tomás de Aquino retoma los
ideales del filósofo griego Aristóteles, distingue tres formas de gobierno
buenas y tres malas, las cuales, cada una es la degeneración de la anterior.
Aquino no contempla ninguna de estas como deseable para Dios.
Santo
Tomás de Aquino mantuvo en su tesis central de sus obras y su pensamiento que
el fin del hombre es alcanzar la felicidad y para conseguirla, este debe de
someterse a las normas de la ley natural. De esta froma, la ley natural expresa
la libertad del hombre y exige un orden racional y universal de su conducta.
La
peor forma de gobierno, para santo Tomás de Aquino, es la tiranía. Las virtudes
aristotélicas son recogidas por el filósofo teológico quien las profundiza,
corrobora y las hace trascender.
Uno
de los principales lemas que dejaron una gran enseñanza espiritual, política y
social de santo Tomás de Aquino es:
“La ética es el amor al prójimo, que
es querer el bien del hombre”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario